Que el título esté en plural, es decir que hable de ciudadanías y no de ciudadanía en América Latina, no es un dato caprichoso. Ser ciudadano hoy es algo que más o menos todos entendemos aunque sea mínimamente. La mayoría de los habitantes de los países de América Latina acceden a una serie de derechos y deberes políticos más o menos homogéneos en toda la región, sin –al menos en el papel de la Constitución- restricciones de género, religiosas, políticas, económicas, etc., pero en el siglo XIX y en el temprano siglo XX, la condición de ciudadano estaba bastante más restringida y no era igual para todos ni en todos los países.
Este no es el único punto sobre el cual pretendo defender la idea de que se torna difícil y difuso hablar de “ciudadanía en América Latina”. Considero que hemos visto como evoluciona la noción de ciudadanía en América austral, sin embargo se me hace difícil pensar que esta evolución fue un proceso uniforme que afectó a todos los países por igual. Me gustaría mencionar que no considero que el acceso a los derechos ciudadanos se haya dado gradual, progresiva y de manera similar en todo el continente (cosa que es bastante obvia), ni que tampoco haya tenido las mismas características.
El concepto de ciudadanía ha sido usado para legitimar el acceso al poder. Para ser presidente de las incipientes repúblicas post-independencia, era necesario ser un ciudadano, gozar de la posibilidad de elegir y ser elegido. En algunos estados surgieron tempranamente (esto es, en la primera mitad del siglo XIX) Partidos Conservadores y Partidos Liberales, ambos igual de conservadores en su trato a los que no consideraban ciudadanos e igual de liberales en cuestiones de comercio y navegación. Ambos representantes de las clases dominantes o elites locales, regionales y nacionales que limitaban a sí mismos el acceso al control del estado a través de “pactos oligárquicos” que restringían la competencia política.
Otros estados menos afortunados (con esto no quiero decir que los países “civilistas” fueran mucho más afortunados que estos), sufrieron el desangre interno de las luchas fraticidas entre los generales de la Independencia, lo que dio lugar en muchos lugares a los primeros militarismos, herencia de las luchas de emancipación. Nuevamente, la ciudadanía estaba legitimada –esta vez- por la pertenencia al ejército, que desdeñaba a los civiles y les negaba la conducción política del estado basados en su “incapacidad” para tratar temas estratégicos. Estos militares se veían a sí mismos los “padres fundadores de la patria” en virtud de haber sido ellos quienes lograron la separación de la metrópolis y creían que las victorias en el campo de batalla, no sólo les habían otorgado una victoria militar, sino una victoria moral para gobernar sus países.
Militares vencedores o civilistas oligárquicos, ambos se reservaron para sí el derecho de ser “ciudadanos” y de regular el acceso a esta “ciudadanía” (no es de sorprender entonces la persistencia de apellidos como García Moreno, Flores, Urbina y Robles en Ecuador, Gamarra, Salaverry, Vivanco en Perú, Mosquera y Arboleda, Santander, Urdanera Farías en Colombia, Santa Cruz, Velasco, Achá en Bolivia o Errazuriz, Montt, Bulnes, Pinto, Freire en Chile, etc.). En la infancia latinoamericana, la ciudadanía fue limitada y excluyente y, además, cualquier ampliación de la esfera ciudadana sería siempre organizada y dirigida desde arriba. La conquista de derechos civiles no es entonces producto de movilizaciones campesinas, indígenas, profesionales, mestizos, ni producto de insurgencias militares, desordenes civiles, ni rebeliones regionales, estrictamente ni si quiera es una “conquista”, sino una forma de otorgamiento de dádivas paternalistas de la aristocracia a la plebe. En este sentido, la eliminación del tributo indígena, la libertad de vientre y la posterior abolición de la esclavitud, son una muestra de esta relación paternal y de paso una vía para aumentar el respaldo político de los gobernantes de turno.
La pregunta qué surge ahora es ¿Cómo aparecen en escena estos caudillos civiles y militares? Debemos entender que la mayoría de estos hombres son personas del siglo XVIII, ilustradas y ansiosas de conocer más del lugar que habitaban, como rezaba la primera editorial del diario limeño “El Mercurio Peruano” dirigido por el Dr. Hipólito Unánue. Muchos diarios como este surgieron desde Florida hasta Concepción, la Gaceta de Lima, la Gaceta de Caracas, El Liberal de Guayaquil, que más que fuente de noticias diarias, eran artículos de investigación científica sobre la geografía, geología, el clima, la hidrografía y otras ciencias, pero siempre reducidos a un ámbito local, regional y virreinal. “El lugar que habitaban” se fue convirtiendo con el tiempo en algo llamado “Patria”. Con el tiempo, la mayor difusión del capitalismo impreso, entendido como prensa, dio lugar a la formación de nuevas identidades locales, regionales y esta vez, nacionales, donde era relevante para todo el estado-nación (por más incipiente que sea), saber cómo se desenvuelven las luchas políticas por el control del país.
Evidentemente este sentido de pertenencia a ese “lugar que habitaban” estaba restringido en primer lugar para los criollos y en menor medida para los mestizos. Estos criollos y mestizos se vieron desplazados de los puestos claves de la Iglesia y de la burocracia española en América por casi trescientos años. Aunque formalmente muchos de ellos pertenecían a la elite económica y la aristocracia social, el simple hecho de haber nacido en ultramar les imponía un techo de cristal, que aunque muy elevado, no dejaba de ser una barrera para sus ambiciones y necesidades políticas. Aunque hubo banqueros criollos como Juan de la Cueva que tenían el poder de mantener ellos solos a
La “Carta dirigida a los Españoles Americanos” del expulsado jesuita arequipeño, Juan Pablo Vizcardo y Guzmán S.J., es un manifiesto de las ideas liberales anticolonialistas, un primer llamado a la “conciencia nacional”, sin embargo, es una carta que no va dirigida a los americanos, no va dirigida a los peruanos, va dirigida a los “españoles americanos”, a la gente que es capaz de leer su carta (escrita originalmente en italiano y en francés) y donde puede germinar la semilla de sus cuestionamientos a las diferenciaciones que hacía la corona española entre nacidos y no nacidos en la tierra del Cid.
(…) El nuevo mundo es nuestra Patria, su historia es la nuestra, y es en ella que todos nuestros deberes esenciales, nuestros más caros intereses, nos obligan a examinar y a considerar atentamente el estado de nuestra presente situación y las causas que en ella más han influido, para resolvernos luego, con pleno conocimiento, a tomar valientemente el partido que nos dictarán nuestros indispensables deberes hacia nosotros mismos y nuestros sucesores.
(…) Queridos hermanos y compatriotas! (…) puesto que [España] siempre nos ha tratado y considerado de manera tan diferente a los españoles europeos, y que esta diferencia solo nos ha aportado una ignominiosa esclavitud, decidamos ahora por nuestra parte ser un pueblo diferente! Renunciemos al ridículo sistema de unión y de igualdad con nuestros amos y tiranos; renunciemos a un gobierno que, a una distancia tan enorme, no puede darnos, ni siquiera en parte, los grandes beneficios que todo hombre puede esperar de la sociedad a la que se encuentra unido (…)
Son los criollos los que deciden la independencia, son ellos la pieza clave (al menos en el mundo andino-bolivariano) en la formación de los estados, sin ellos la Independencia no es posible porque este movimiento es una respuesta a la presión política y económica que los borbones llevaron a cabo desde mediados del XVIII, es un cabildo abierto y una junta de “notables” –todos criollos- los que firman las actas de Independencia, comandan los ejércitos, apoyan económicamente a las armadas, rompen relaciones comerciales con España y por esa razón, son ellos los que no verán muy alterado su statu quo previo a 1810 en 1830, pues aunque la oligarquía terrateniente haya visto incendiados sus campos y aniquilado su ganado tanto por los libertadores como por los realistas, las futuras administraciones, tan criollas como ellos, se encargaron de honrar la “deuda de la independencia” para con los sectores dominantes, el mismo ejemplo se puede aplicar a los comerciantes, si ya no podían comerciar con España, entonces lo harían con Inglaterra. Son los criollos (y algunos mestizos) los primeros ciudadanos de América Latina y los que parten con ventaja en la casi bicentenaria carrera por la consolidación de los derechos ciudadanos, y son ellos los que crearán una ciudadanía basada en la meritocracia militar y en la aristocracia civil, en pocas palabras, una ciudadanía patricia.
¿Qué pasó con la población originaria? Aunque la leyenda negra de la colonia tiende a colocar sin ninguna excepción a los indios en el escalafón más bajo de la sociedad (en realidad los esclavos e indios salvajes –araucanos, por ejemplo- estaban más abajo), debemos aclarar que esta imagen no es del todo cierta en los países con mayor concentración indígena, es decir, los países del trapecio andino (Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia), Mesoamérica y Centroamérica. La población indígena hasta 1792 (un año después del levantamiento de José Gabriel Condorcanqui, Tupac Amaru II), gozaba en muchos casos de una serie de privilegios (Tupac Katari para el caso boliviano, Pumacahua para el centro andino) Algunos indígenas podían instruirse en colegios reales para indios nobles, asistir a las universidades mayores, portar armas y vestirse como españoles, muchos de ellos desempeñaban funciones en la administración pública colonial, varios eran reconocidos incluso en España por su incalculable fortuna (el cacique de Tacna y Arica, José Rosa Ara fue en un momento el dueño de una de las flotas mercantes privadas más grande del Pacífico Sur), el matrimonio entre un español y un indígena era algo aceptable, pero si las nupcias eran entre un español y un indígena noble era algo incluso deseado. Todos estos beneficios terminaron después de la ejecución de Tupac Amaru II (y posteriormente con la eliminación de los cacicazgos por Simón Bolívar). La vieja separación jurídico-colonial de República de Blancos y República de Indios se acentuó aún más, se decretaron una serie de prohibiciones y los privilegios fueron extinguidos.
Cuando el primer cuarto del siglo XIX trae consigo la independencia de muchos países, la población indígena había perdido toda capacidad de influencia y decisión en la construcción de los estados. Los “indios” tampoco habían contribuido significativamente a la independencia, muchos de ellos en cambio habían sido reclutados por el ejército realista, lo cual creaba la sensación de que “no querían la independencia” (lo cual contribuyó a solventar otra leyenda sobre “
Un punto que no se ha tocado pero que considero importante mencionar es el de las guerras del siglo XIX. No me refiero sólo a los conflictos extra-territoriales, sino también a los enfrentamientos internos por el poder. Así pues, el estar del lado de un caudillo y no de otro era un sorteo que podía dictaminar cuál sería el futuro político del apostador. El éxito de un caudillo significaba no sólo la conquista del poder ejecutivo, sino la inserción en el escenario político de una serie de personajes que lo acompañaban y que le servían de sustento popular. Cada caudillo poseía una red de clientes que le entregaban armas, soldados –en su mayoría indígenas- que gracias a la victoria de su general, iban ascendiendo en el ejército y aumentando su posibilidad de alcanzar quizá no la presidencia, pero sí una prefectura, intendencia, una comandancia militar, o algo que le permitiera incrementar su prestigio personal y, por tanto, sus derechos ciudadanos.
Varios son los casos de emancipación de esclavos como una forma de agradecimiento de un caudillo a sus soldados afro-americanos. Por citar un ejemplo del escaso sentido de pertenencia a un país entre la población indígena andina, terminada la guerra del pacífico entre Perú y Chile, Arguedas recoge en su libro “El mundo es ancho y ajeno” una escena que seguramente se repitió en varias comunidades. Para muchos indígenas la guerra de 1879 no significaba otra cosa que la guerra entre un general de apellido Chile y un general de apellido Perú. La derrota para el Perú no fue sólo una pérdida territorial y militar humillante, significó el fracaso de un proyecto nacional excluyente en un país donde –a diferencia de Chile- no se miraba a los Andes (y a los andinos) como una frontera imaginaria sino como parte constituyente del territorio. Durante la Guerra del Paraguay muchos afro-brasileros (y esclavos de los otros países que intervinieron) conquistaron su libertad portando las armas del país que los oprimía aunque legalmente recién fueron declarados libres 1888 (cuando ya el 90% era libre de facto), de la misma manera, las montoneras bolivianas y peruanas que lucharon contra el ejército chileno, fueron conquistando derechos lentamente en el último cuarto del siglo antepasado. Aunque de una manera muchas veces simbólica, las guerras fueron ampliando la base de la ciudadanía en muchos países latinoamericanos.
Con el advenimiento de un sistema económico global que priorizaba el libre comercio, la libre navegación (lo cual permitió la apertura de nuevas rutas marítimas) y en medio de la industrialización europea, las economías latinoamericanas comenzaron a industrializarse incipientemente, recibir inversiones (especialmente frigoríficas, ferroviarias y portuarias) y producir materias primas de acuerdo a las necesidades de las áreas más industrializadas del mundo. Carne, abonos naturales, trigo, cebada, carbón, algodón, azúcar y minerales fueron algunos de los productos de la oferta exportable latinoamericana. La institucionalización (entendida por un cambio electoral, en donde ya no se votaba en atrios ni plazas, sino donde se trataba de universalizar el sufragio y hacerlo secreto) de los países del cono sur, la relativa estabilidad de los países andinos y la definición de los nuevos espacios nacionales en virtud de las conquistas o posición efectiva de territorios, fueron algunas de las condiciones que propiciaron el crecimiento económico de la región.
Este desarrollo económico y esta inserción en el mercado mundial trajo por consecuencia una gran migración europea hacia América Latina, especialmente en el sur del Brasil, Uruguay, Argentina en menor medida Chile y Paraguay y en mucha menor proporción los países andinos (aunque sí otro tipo de migraciones). La migración europea fue básicamente el medio para la expansión del estado a través de la fundación de nuevos asentamientos humanos, pero también fue, sobre todo en las ciudades importantes, la mano de obra que fue configurando un incipiente movimiento de trabajadores manuales.
En este sentido, los inmigrantes, aunque formalmente ciudadanos, no eran otra cosa que colonos/habitantes con escasa capacidad de ejercer o demandar derechos (dada en algunos casos la distancia geográfica entre el centro y la periferia). Salvo en los países de minorías blancas, los inmigrantes europeos eran claramente identificados como los “otros”. Las migraciones asiáticas en Chile y Perú no eran mejor tratados que los indígenas locales, así vemos que, tanto indígenas como inmigrantes van evolucionando hasta convertirse en trabajadores, en mano de obra insertada en los medios de producción que hacen eficiente la participación de Latinoamérica en el comercio mundial.
El crecimiento económico y la ampliación del estado motivó una universalización del estado, con la cual, el estado se convertía en un aparato incluyente, que trataba de proteger por igual a todos sus ciudadanos sin importar su origen o condición económica. Cuando en 1891 en Argentina se constituye la primera central sindical: la Federación de Trabajadores de la República Argentina, comienzan a aparecer en otras latitudes asociaciones similares que se encargarán a principios del siglo XX de luchar y presionar al estado nacional por conseguir una serie de derechos civiles que irán configurando el acceso total a la ciudadanía, un estado más justo y la aparición y crecimiento de las clases medias profesionales y obreras que servirán como barrera de protección para los enfrentamientos sociales entre los extremos. Los indígenas ya no serán indígenas, sino ciudadanos/empleados/obreros/trabajadores y en muchos países, en la medida en que sean alfabetos podrán elegir y ser elegidos.
Los inmigrantes europeos o asiáticos y sobretodo su descendencia serán parte integral de la nación sin las restricciones idiomáticas de sus ancestros y con la capacidad de participar en el escenario político. Un estado moderno no podía seguir siendo excluyente o decidir arbitrariamente los criterios de pertenencia o no a la nación, por el contrario, debía generar el concepto de igualdad ante la ley, lo cual traía consigo la noción de homogeneidad “un país que protege a todos sus ciudadanos por igual”. La progresiva urbanización de las ciudades (debido a la migración extranjera pero también a la interna) y sobretodo el voto secreto serán clave en todo Latinoamérica para desterrar los caudillismos y hacer de las elecciones una vía que democratice el acceso al poder político. Evidentemente, en países más exitosos económicamente como la Argentina de principios del XX y otros países del cono sur, que además eran, por lo menos en apariencia, étnicamente más homogéneos, el proceso de construcción de una ciudadanía universal fue mucho más fácil que en aquellos donde las elites blancas (criollos), no estaban dispuestas a aceptar tan fácilmente la inclusión de población andina dentro de padrones electorales que electoralmente les podrían ser políticamente adversos.
Repito, hablar de ciudadanía en América Latina es algo bastante general; he intentado acá hacer un ensayo sobre como se va desarrollando la noción de ciudadanía en diferentes latitudes y etapas a lo largo del XIX y en nuestro continente, priorizando las cuestiones étnicas en algunas regiones y las económicas en otras.






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